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lunes, 12 de marzo de 2012

¡ A escena !


El Circo Azul. Marc Chagall
Lo había imaginado
miles de veces. Día y noche, día y noche. De día, columpiándose en las ramas del árbol de los cuentos, de noche, navegando en el vértigo borroso de los sueños. Pero hasta ahora, siempre había encontrado una excusa apropiada y creíble para evitar vivirlo. Enfermedades infantiles, la eterna falta de tiempo, el dinero, que todo lo compra... Todos estos años los pretextos le habían servido para respirar cada mañana o al menos eso quería creer. Sin embargo, hoy lo tenía delante, todo dispuesto y a su alcance, y sabía que una nueva huída significaría perderlo para siempre.

   Entró en el camerino, encendió las luces del espejo y se sobresaltó.  Tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que esa imagen que le devolvía era la suya. Se alejó un poco para observarse de cuerpo entero y pensó que hacía días o semanas, quizá meses, años tal vez, que no se miraba al espejo toda entera.  En los últimos tiempos,  sólo podía ver la imagen de su cara, borrosa y de refilón, en una luna pequeña y circular - única en la casa - colgada en el aseo.  Avergonzada al verse toda, le dio la espalda a ese reflejo extraño y comenzó a desvestirse lentamente, de cara a la pared.

   Se acercó luego al maletín rojo – su equipaje - abrió el seguro con una clave antigua y sacó con cuidado las medias de purpurina plateada, que había guardado para la ocasión. Despacio, sentada en el taburete a un lado del tocador, comenzó a ponérselas.  Pero enseguida, se dio cuenta de que tenían una carrera, desde la pantorrilla derecha hasta la puntera.  ¡Qué raro! — pensó, estaban sin estrenar y sin embargo, tantos años en el cajón…, quizá alguna polilla. Suspiró quitándoselas y las dejó sobre el tocador. 
 
  Tomó entonces el body de lentejuelas lila, éste sí, parecía intacto, aunque ahora que se fijaba, quizá un poco pequeño. Metió una pierna, luego otra, le costó remontar los muslos y las caderas, tiró y tiró hasta llegar al pecho, contuvo la respiración, — uno, dos y tres— y consiguió meterse dentro. Sofocada y sudorosa, volvió a sentarse para tomar aire y fue cuando se fijó en sus pies, con los dedos llenos de juanetes, por esa costumbre de comprarse siempre una talla menos de zapatos.  Volvió a suspirar y se agachó a acariciarlos, y al hacerlo sintió como al body le estallaba una costura.
— ¡No puede ser! — maldijo al aire y le cayeron dos lágrimas. 
 
     Ya de pie, esta vez frente al espejo, buscó el roto,  bajo la axila, a la altura de las costillas, y palpando con la mano temblorosa, metió los dedos y tiró con todas sus fuerzas hacia abajo, rasgándolo del todo. Sin cuidado, acabó de sacárselo y lo tiró a un lado, roto y arrugado.  Fue justo entonces cuando llamaron a la puerta. ¿Acaso, era ya la hora?  

— ¡10 minutos y a escena! — gritó una voz.
Escena, escena, escena, quedó flotando la palabra en el aire.
— No habrá escena — murmuró, mientrás por fin se decidía a observar a esa extraña en el espejo. Tenía pálida la piel, algunas estrías en los glúteos, un poco de celulitis, pequeña barriga incipiente, y los pechos… los pechos los tenía hermosos, eso sí, había que admitirlo. Buscó las cicatrices en su cuerpo, tratando de reconocerse: las rodillas, enrojecidas por las caídas en el patio del colegio; esa calva rosada, cerca del tobillo, huella del tubo de escape aquella tarde de lluvia; la costura en relieve, bajo el ombligo, por donde salió su hija al mundo de madrugada; y el tatuaje, una greca delgada alrededor de la muñeca izquierda, recuerdo de aquel amor… Sí, al fin y al cabo, esa parecía ser ella.
   Sin dejar de mirarse al espejo, levantó suavemente los brazos y ensayó una reverencia; luego un saludo, a la izquierda, otro a la derecha, de nuevo reverencia.  Se alejó un poco entornando los ojos y pensó que, vista así en conjunto, no estaba tan mal.
— Tres minutos — volvió a escuchar el grito tras la puerta — último aviso.
    Alcanzó entonces el tocado de plumas, la última prenda que guardaba en el maletín.  Las plumas soltaban un poco de polvo, pero aún conservaban un tacto vaporoso, como si en ellas todavía respirara el viento. Se lo colocó sobre la cabeza con suavidad, fijándolo bien con unas cuantas horquillas. — ¡Voilá! — esto sí, le quedaba perfecto, incluso mejor que cuando lo compró, diría ella.
__ .__

     Sentía el cosquilleo en el estómago, el pájaro de dentro cantando en llanto. Daba un poco de vértigo, pero estaba segura de que no se iba a caer, sentía como si la sostuviera el aire. Sentada en el trapecio, el calor de los focos acariciaba su cuerpo desnudo como el sol de los veranos cuando se columpiaba en el jardín: “más alto, más alto, más alto hasta volar”. Ahora ya volaba y sonreía, desde allí arriba todo parecía tan pequeño, tan lejano.                   

Luisa Antolín Villota

2 comentarios:

Juan dijo...

TRAPECIO...que palabra tan bonita...que historia tan hermosa has escrito.

María García Zambrano dijo...

Es una historia preciosa, y mágica.
M