Con llave cambiante
abres la casa en la que se arremolina
la nieve de lo callado.
Según la sangre que te brote
de ojo, boca u oído
cambia tu llave.
Cambia tu llave, cambia la palabra
que puede arremolinarse con los copos.
Según el viento que te empuje
se aglomera la nieve en torno a la palabra.
domingo, 4 de octubre de 2015
viernes, 3 de julio de 2015
Salir de casa - poemario Luisa Antolín
Palabras de presentación del libro al cuidado
del poeta ALFONSO BERROCAL
"Salir de casa, alcanzar la calle, lo abierto. Atrás eso que llamamos, a veces con
sombra de extrañeza, hogar, casa. Más difícil aún presuponer del todo que la
casa es siempre la metáfora de lo que somos, el lugar donde nos reconocemos.
Pero entre esa apertura incierta y la incertidumbre de aquello que habitamos
hay un umbral. Salir de casa,
creo que tiene algo de ese momento en el umbral, de señal hecha, tal vez con
tiza, allí donde los espacios se reúnen y disgregan. Ese mismo trazo vuelve
semejantes la grieta, el hilo, la orilla, la frontera, el horizonte, la herida
(Descubrimiento de la herida),
palabras que hablan todas ellas de separación y vínculo al mismo tiempo, son algunas
de las palabras que se dejan ver como un pespunte. No podrían dejar de decirse,
necesarias como raíz. La raíz, dice la cita de Zambrano, la raíz de nuestra
vida es siempre un momento que la nutre.
Instante y encuentro dice la dedicatoria a la poeta Margarita Ballester. Todo
ello nos pone en la dirección de ir hilvanando la lectura de estos poemas. Digo
hilván como antes pespunte con la intención del que se atreve a suponer que la
imagen de la costura, e incluso de la sutura, tiene cierto rango en el universo
poético de Luisa. Tal vez podrían asociarse con el tiempo. No tanto a eso que,
huecamente, suele llamarse la temporalidad, como categoría abstracta y separada,
que a lo sumo nos deja con una calavera en la mano; sino más bien a una forma
de saber tratar y recoger todo lo que queda encarnado y descarnado en el tiempo,
un reconocimiento de sus múltiples formas, y donde la escritura es también
coser a cada momento las cosas, los paisajes, la sucesión y la discontinuidad
que somos. Presentes y mudanzas, circunferencias, las canciones del caracol
son las partes del libro y las señales de cómo las distintas formas del tiempo
hacen de nosotros el ojo de la aguja.
En el instante, en el pequeño acontecimiento reside un poder
revelador que de algún modo trastoca las coordenadas de la realidad. En estos
poemas se nos ofrece un orden de las cosas hecho de destellos de lo cotidiano,
lugares que algo pueden decir aún, ausencias primordiales, apariciones, huecos,
futuros, derivas. Por eso un poema como Tristes
tigres está iluminado por una hermana que hace sopa “y no quiere ser pez/en
un banco de peces”, ocurre tras una ventana que bien puede ser la misma en que
“la soledad araña”, la monotonía ríe, se pica ajo y cebolla rutinariamente y el
aceite se quema. Es la casa y la intemperie al mismo tiempo, como a veces un
bosque de hayas cobija. Más que relojes hay una medida de hojas suspendidas en
el aire “¿Cuánto tarda un árbol en perder/ todas sus hojas?”, se pregunta. Tal
vez una eternidad tal vez sólo un día. El árbol es una de las figuras
simbólicas de este libro, aparece con su majestad luminosa, nos enseña a
invernar cuando el tiempo es estatua, estático y parece que no termina de
pasar. Sus ramas, a veces, parecen raíces al aire. Otras figuras cargadas de
sentido son el pájaro y la niña. El pájaro es liberado, es “paloma de
presagios”, es la fragilidad de lo que podemos acoger entre las manos, o entre
las cajas cosidas con hilo de seda, y es también la pequeña promesa que no
termina de alcanzarnos aunque tenga abierta media ventana. La niña no pertenece a la lejanía, es una
presencia pura, está afuera y está en casa, nivela las cosas y los sucesos con
el corazón, por eso es transparente, va y vuelve, “a merced del mar” y es la
cifra de los mensajes a descifrar. No hago sino anticipar torpemente algunas de
las poderosas imágenes con las que estos poemas apelan a un arraigo más
verdadero entre las cosas, los lugares y los días. Un arraigo justo entre sus
grietas, en el umbral de esta realidad y otra realidad, del sueño. La
importancia de esos enlaces queda patente en un gran poema como “Las
metamorfosis de Ovidio, mi gato” donde son necesarias y plenas de sentido todas
y cada una de las preposiciones. Si del instante que nos conmueve puede salir
una verdad, nunca será propia si no es propiamente compartida. Por eso, a la
voracidad del tiempo, antes que un inventario de pérdidas se opone una pequeña
resistencia esperanzada. Una esperanza hecha, como la poesía, tan sólo de asombro
y latido. Se están marchitando los tulipanes del jarrón, pero aún, todavía
mantienen algo de su hermosura. Quizá no se pueda saber mucho más que ese estar siendo que no sólo indica una de
las citas, sino que viene a realizarse en cada poema. Y por eso nuestra poeta
nos dice que nada sabe como Sócrates, o “no sé si sé vivir”, o pregunta ¿Qué?
¿Quién? ¿Dónde?, pero esa desorientación no es sino fidelidad a las pequeñas
cosas iluminadas, al latido. Al fin y al cabo “las preguntas se responden con
fantasmas”, dice y sabe. Cierto que a veces esa desorientación obliga a
ovillarse, a andar en círculos, a recorrer todas las espirales. Sin embargo
sabe con claridad absoluta que las fuentes no dejan de fluir y renovarse, que
hay hilos de voz, de una voz tal vez remota y sumergida que todavía habla,
susurra cosas como “ilusión de poder sobre el destino” o “nada puede hacerte
prisionera”.
Estos poemas, divididos en partes, titulados algunos y otros no,
creo que se articulan en un claro sentido de unidad, hecha precisamente por la
reunión de fragmentos, piezas que encuentran entre sí su correspondencia y su
grieta. Da la impresión de que cada palabra cada verso ha sido destilado hasta
quedar en una expresión no mínima, sino simplemente, esencial. Por eso esta
poesía no puede desprenderse de su propia poética, y es también su propio
proceso de creación, una poética que queda explícita o sugerida, pero nunca
añadida. La palabra que es precisamente destello, hilo, agua, nacimiento. Eso tan
frágil y tan difícil de cuidar, tan expuesta como nosotros a los estragos del
tiempo, tan luminosa como el instante. Una palabra que ustedes merecen escuchar
de su propia voz. Luisa, enhorabuena por tus poemas"
Alfonso Berrocal - 5/06/2015
martes, 2 de junio de 2015
Hay que pedir la luna y pensar
que nos la pueden poner entre las manos.
Federico García Lorca
¿Dónde la vereda
caminante
que salta mi ventana
hasta la luna
encarnada?
Los cristales fríos de luz
y sangre quiebran
las escaleras – espinas
de rosal.
¿Dónde la luz, dónde
la fuente, la fractura
que silencia la rama
inmóvil?
viernes, 8 de mayo de 2015
Salir de casa I
Ya es seguro. Publico nuevo libro de poemas en Junio.
El título es "Salir de casa", una intención e invitación a abrir la puerta de la guarida, lanzarse a la aventura, sentir con, ser parte de, ventilar el espacio, dejar que otras personas entren...
El título es "Salir de casa", una intención e invitación a abrir la puerta de la guarida, lanzarse a la aventura, sentir con, ser parte de, ventilar el espacio, dejar que otras personas entren...
La ventana tiene abierta
una de las hojas, sin embargo
el pájaro golpea
– una y otra vez–
contra el cristal cerrado.
"Salir de casa", de Luisa Antolín, próxima publicación Editorial Vitruvio, Madrid.
jueves, 23 de abril de 2015
jueves, 26 de marzo de 2015
Formas del cuerpo en el vacío - Atelier de Moulage - Bruselas
http://www.kmkg-mrah.be/fr/atelier-de-moulage-0
Hace dos siglos, cuando viajar no era tan fácil como ahora, los grandes museos abrieron los llamados “Talleres de moldes”, que se encargaban de hacer reproducciones de las más bellas esculturas de todos los tiempos. Los museos se intercambiaban estos moldes, que al principio se realizaban a partir de la escultura original (la mano del artesano sobre la forma milenaria original) y con ellos se conseguía luego una reproducción casi exacta, que a la vez era única, ya que implicaba un acabado manual. Estas esculturas pasaban a formar parte de sus colecciones y se exponían para los visitantes. Así, uno podía ver el David de Miguel Angel, la Venús de Milo o el busto de Nefertiti, sin moverse de su ciudad. Con el tiempo, estas esculturas fueron perdiendo su valor, por considerar que eran al fin y al cabo, solo copias.
Hace dos siglos, cuando viajar no era tan fácil como ahora, los grandes museos abrieron los llamados “Talleres de moldes”, que se encargaban de hacer reproducciones de las más bellas esculturas de todos los tiempos. Los museos se intercambiaban estos moldes, que al principio se realizaban a partir de la escultura original (la mano del artesano sobre la forma milenaria original) y con ellos se conseguía luego una reproducción casi exacta, que a la vez era única, ya que implicaba un acabado manual. Estas esculturas pasaban a formar parte de sus colecciones y se exponían para los visitantes. Así, uno podía ver el David de Miguel Angel, la Venús de Milo o el busto de Nefertiti, sin moverse de su ciudad. Con el tiempo, estas esculturas fueron perdiendo su valor, por considerar que eran al fin y al cabo, solo copias.
En los edificios del Cincuentenario,
al otro lado del Museo de la Guerra,
está el “Atelier de Moulages” de Bruselas. Una nave gigantesca
repleta de filas de anaqueles de madera que alcanzan hasta el techo, donde se conservan los moldes originales de más de 4000 esculturas. Las más bellas estatuas
de Grecia y Roma, los iconos sagrados de Egipto, los ciervos del Renacimiento,
las ninfas de las fuentes de la Edad Media…
Cada uno de esos moldes, que permanecen amontonados sobre las
estanterías, ennegrecidos por el tiempo, como ruinas informes, atesora el espacio de una forma, de un cuerpo
que existió hace cientos de años. Una
curvatura de cadera, la línea delicada de unos labios, la languidez de una mano
tendida hacia el saludo, el abismo en la mirada del existir.
En cada uno de ellos retumba la huella del
vacío que deja un cuerpo en el espacio, el hueco que contiene la belleza, el
intervalo en el tiempo. Los contornos que recogen la línea divisoria, el territorio, las formas de la materia…
Presencias latentes en las estanterías en espera a cobrar vida, una y otra vez.
De mi personaje Lisa en Brussels Umbrellas
De mi personaje Lisa en Brussels Umbrellas
martes, 17 de marzo de 2015
Torpe en las maneras
I.
Torpe en las maneras
de las manos de carga,
en la ordenación
del tiempo, amanece
estatua.
II.
Silencio, tierra seca
viene – la esperanza.
Fuera no hay
barreras.
III.
Imita el traje de los
árboles,
recolecta semillas para el
invierno,
acoge el vacío –origen–
deja hueco.
IV.
Recoge los ovillos,
los hilos sueltos –boca
de la boca– Verde.
V.
Herida de nacer
mana la fuente.
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